El amor es el centro de nuestra vida

Los seres humanos nacemos amorosos.

Ningún niño nace malo, déspota, violento, egoísta, perverso, tirano, avaro, ingrato ni miserable. No. Todos los niños nacemos con una exquisita capacidad para amar.

Pero también nacemos inmaduros, es decir “sin terminar”. Esa inmadurez nos obliga a la dependencia, tanto física como emocional. Para sobrevivir, necesitamos que alguien –en principio nuestra madre- esté en una sutil fusión emocional con nosotros, para que pueda percibir milimétricamente cada necesidad -por más invisible que sea para los demás adultos- y satisfacernos.

El confort que nos produce la respuesta intuitiva e inmediata de nuestra madre, los niños lo vivimos placenteramente, y eso lo interpretamos como: “me siento amado”. En cambio, cuando manifestamos alguna necesidad –insisto, por más mínima que sea, por ejemplo urgencia por estar en contacto corporal, urgencia por sentirnos seguros, urgencia por recibir caricias cuando la digestión duele, urgencia por sentirnos “sentidos”- pero mamá no responde porque no está en fusión emocional con nosotros, y “no nos siente”, eso significa que estamos fuera de nuestro confort. Esa falta de placer, la interpretamos como “desamor”.

Según el diseño original de la criatura de mamífero humano,  esto es un verdadero desastre ecológico. ¿Por qué? Porque hemos llegado a este mundo para desplegar nuestra capacidad de amar. Pasa que esa habilidad no podremos desplegarla durante la edad adulta, porque antes tendríamos que habernos sentido amados, seguros, confortables, atendidos, respetados y comprendidos….por otro. Ese nivel de confort no lo podemos resolver por nuestros propios medios porque –como he señalado- nacemos inmaduros. Precisamos que mamá lo resuelva. Si mamá no se hace cargo, entonces en lugar de relajarnos en el amor, vamos a desplegar mecanismos de supervivencia, que es el instinto superlativo. Haremos lo que sea con tal de sobrevivir. Esa lucha por la supervivencia, dejará a un costado cualquier circunstancia relacionada con el placer y el goce.

¿Por qué nuestra mamá no pudo satisfacer toda necesidad milimétrica que manifestamos siendo niños? Porque mamá ha tenido una infancia de desamparo y soledad –como mínimo- entonces también utilizó mecanismos de supervivencia cuando fue niña, y -en ese afán por sobrevivir- fue cortando los lazos hacia su propio mundo interior, para no sufrir. Resulta que la abuela materna la pasó peor, la bisabuela aún peor y así, en una cadena transgeneracional de dominación, luchas, guerras, conquistas y heridos por doquier.

¿Significa que si hemos tenido una infancia alejada de ese ideal, ya estamos condenados a perpetuar el desamor en el mundo? No. Pero será necesario accionar en sentido contrario.

 

Laura Gutman