En comunión con nuestra esencia

Los seres humanos nacemos en comunión con nuestra esencia. Nuestro espíritu y nuestro cuerpo ya están unidos cuando encarnamos. ¿Qué es lo que precisamos para continuar así? Necesitamos preservar la armonía de esa unión. Y esa armonía sólo la puede mantener el amor concreto de una madre a través de sus cuidados milimétricamente amorosos y altruistas hacia nuestras enormes necesidades infantiles ya que nacemos dependientes, totalmente dependientes de cuidados. Si eso no sucede nuestra esencia buscará mecanismos de supervivencia. Esos mecanismos van a consumir nuestra potencia, nuestra inteligencia emocional y nuestros recursos hasta reducir nuestras expectativas a su mínima expresión: el instinto de supervivencia. Mientras estemos ocupados con ese asunto, no tendremos resto físico ni emocional para desplegar nuestras virtudes, para disfrutar la belleza de la naturaleza que nos rodea ni para estar en comunión con nuestro ser esencial. Así de sencillo.

Lamentablemente luego nos  sentimos huérfanos por estar separados de nuestra propia esencia. Reactivos creyendo que tenemos que defendernos porque alguien nos ataca. Violentos porque suponemos que la vida es una batalla permanente. Juzgadores viendo el mal en el otro pero incapaces de reconocer nuestra responsabilidad. Ávidos por ser amados y compensados. En ese estado ¿Cómo podríamos amar al otro? ¿Cómo ser madres y padres amorosos? Necesitamos empezar por el principio.

Es tan grande el mal que nos rodea que me empecino en demostrar que una manera eficaz para volver al centro del amor, es observando de frente nuestra realidad. Nadie puede cambiar nada –en el hipotético caso que alguno de nosotros pretenda cambiar algo- si no mira la realidad tal cual es. Esa realidad es holográfica, es decir que contempla todas las experiencias que hemos vivido desde que hemos nacido hasta hoy. El miedo, la agresión, la mentira, el poder usado en contra de los demás, la corrupción y el egoísmo son todos mecanismos de supervivencia como consecuencia de eso que nos pasó. Pero no lo sabemos.

¿Qué significa observar de frente nuestra realidad? Me refiero a la trama completa que abarca sobre todo nuestras vivencias de infancia en un presente pleno.

Para explicar la vivencia del presente pleno, podemos utilizar la metáfora del tanque de agua: Si observamos 100 litros de agua en un recipiente y agregamos apenas unas gotas de tinta roja, la totalidad del agua se va a teñir. Esas gotas no quedarán flotando separadas del resto sino que se van a diluir y harán parte de esa totalidad.
Pensémoslo al revés: En un tanque vacío echamos unas pocas gotas de tinta china. Luego llenamos el recipiente con agua. El agua estará siempre teñida con el color que estuvo presente desde el inicio. Pues bien, así funcionan las experiencias infantiles a lo largo de nuestras vidas: no desaparecen sino que tiñen y comprometen las vivencias actuales.

Así comenzó mi investigación hace muchos años, tratando de ordenar y traducir a un lenguaje llano esas certezas que yo sentía al abordar a cualquier individuo. Al inicio de mi carrera me dediqué a apoyar a las madres con bebes en brazos aunque rápidamente me di cuenta que el problema no era el bebe real que tenían sino la infancia que ellas mismas habían atravesado. ¿Qué es lo que encontré en absolutamente todas las vidas? Un desamparo inaudito durante las infancias. ¿Cómo podemos medir ese desamparo? ¿Proponemos una escala de 1 a 10? ¿de 1 a 1.000.000?. Sería un cálculo estúpido. En verdad, la escala sería medible desde el punto de vista de ese bebe nacido al natural, sin cultura ni ropajes, sino sólo conectado con su naturaleza humana. Siempre pensé que el punto de vista del bebe humano responde exactamente a nuestra propia naturaleza. He allí la medida perfecta.

Laura Gutman