Fertilizaciones asistidas

 

Frente a la dificultad para concebir, las mujeres activas y entrenadas en el mundo externo acudimos a lo que sabemos: la acción. Esperamos así obtener resultados confiables a través de los estudios más sofisticados. El desconcierto aparece cuando esos resultados no arrojan ninguna respuesta comprensible: no hay patología ni motivos para la esterilidad. Estamos todos saludables dentro de las mediciones que conocemos. ¿Qué hacemos? Pedimos ayuda. ¿Cuál es la ayuda que aparece con mayor rating en resultados concretos? Las distintas propuestas de fertilización asistida. Estas tienen la atractiva ventaja de que hay muchas cosas para hacer y en el hacer nos sentimos seguras.

La fertilización asistida tiene atributos extraordinarios y gracias a los diferentes métodos utilizados hay muchas parejas que han logrado concebir hijos sanos. Pero admitamos que la inseminación artificial puede conducir a la inhibición misma del proceso que se desea conseguir. Funciona en contraposición a una sabiduría ancestral: y es que el orgasmo es fecundante. Las técnicas de fertilización más avanzadas ignoran que el estrés –producido por los mismos métodos de fertilización- son los principales responsables de los magros resultados en la concepción.

 

La realidad es que hoy hemos dejado de nacer en casa, hemos dejado de morir en casa y en poco tiempo, dejaremos de ser concebidos en casa. Esta costumbre cada vez más común de ceder a manos de especialistas lo que naturalmente correspondería al amor y a lo más sagrado de los vínculos personales, se está instalando imperceptiblemente.

 

Valdría la pena preguntarnos por qué en el Primer Mundo hay cada vez más varones debilitados para fecundar. Parece que a los espermatozoides les falta fuerza vital al igual que a su propietario quien pierde interés en las relaciones. Del mismo modo parece que los óvulos no están dispuestos a la receptividad ni a la apertura, rechazando cualquier acercamiento de su partenaire. Tomando en cuenta la sobrecarga de trabajo y preocupaciones que tenemos todos, es posible que ambos transmitamos señales al alma que anda por ahí en busca de concepción, explicando que no hay demasiada disponibilidad para tal fin.

 

Por eso pienso que es primordial -antes de someterse a cualquier tratamiento- ingresar con paciencia y ternura en la biografía humana completa de la mujer que desea concebir y no puede y luego en los acuerdos tácitos de la pareja. Esto no es matemático, tampoco es garantía de nada, pero hay mucho material para investigar en los lugares más sombríos de cada individuo antes de atosigar al cuerpo con sustancias tóxicas, hormonas que nos desequilibran e intervenciones que nos dejan agotadas a las mujeres y desprovistos de virilidad a los varones.

 

Tomemos en cuenta que la intimidad resulta lastimada y no es fácil reconstruir los acuerdos amorosos con tamaña exposición comunitaria. Vale aclarar que el nacimiento de un niño sí es un evento social, pero la concepción es pura y exclusivamente un evento de la pareja, si es que hay pareja.

 

Las diversas técnicas de fertilización asistida deberían considerarse sólo después de agotar las búsquedas personales y de pareja. Iniciar tratamientos de fertilización asistida merece parejas muy consolidadas, en las que abunde el diálogo, el acompañamiento amoroso, la generosidad y mucha dedicación de uno hacia el otro. Sin olvidar que quien pone el cuerpo con todo el dolor, la frustración y la esperanza, es la mujer. Si no hay pareja, necesitaremos a alguien comprometido y disponible como compañero/a de ruta.

 

La fertilización asistida puede tener un sentido pleno si va unido a un cambio interior, pero en ciertas ocasiones como medida exclusiva no es suficiente para atraer un alma.  También hay que tomar en cuenta que las mujeres hemos decidido retrasar de diez a veinte años la procreación y esto está cambiando radicalmente el modo de vivir, concebir y organizar las familias. Millones de mujeres nos hemos rebelado contra la vida circunscrita que hemos visto vivir a nuestras madres y abuelas. Muchas de nosotras hemos tenidos los primeros abortos a la edad en que nuestras madres y abuelas tenían a sus primeros hijos. Reconocer históricamente dónde estamos ubicadas nos puede ser útil a la hora de pensar en lo embarazoso que nos resulta a veces quedar embarazadas

 

También necesitamos sincerarnos sobre qué estamos dispuestos a sacrificar a favor del niño respecto a nuestra libertad, trabajo, éxito, viajes y tranquilidad. Es un momento único para aprender a querer lo que recibimos, en lugar de recibir lo que queremos.

 

Laura Gutman