Las madres que trabajamos

 

El trabajo no atenta contra la intimidad emocional entre las madres y nuestros hijos. Las madres podemos trabajar si lo necesitamos, si nos gusta, si nos apetece, si tenemos ganas, si tenemos la obligación o la cultura del trabajo o lo que fuera. El trabajo no es depredador de la capacidad de intimar emocionalmente. Es nuestra propia historia, nuestra propia experiencia de “no cuerpo”, nuestro vacío, nuestra represión o nuestra rigidez, lo que obstaculizan el encuentro apasionado con la criatura.

 

El trabajo suele funcionar como un refugio perfecto y valorado socialmente en el que las mujeres nos resguardamos. De ese modo logramos la aprobación y la habilitación del entorno, que afirma –al igual que nosotras- lo buenas madres que somos ya que “queremos pero no podemos” permanecer en franca conexión con los niños. Simplemente esto es un engaño individual que luego se plasma en un engaño colectivo. No estoy juzgando si alguien es buena o mala madre. Sólo afirmo que no es verdad que “queremos” fundirnos con nuestros hijos. No es posible “querer” algo que nos aterroriza. Al contrario. La verdad es que queremos escapar. Pero sería muy feo decir eso. No vamos a gritar a los cuatro vientos: “quiero desaparecer porque tener que someterme a la intensidad afectiva que demanda la presencia de mi bebe, me agota, me mata y me enloquece”. No es algo que escuchamos usualmente ¿verdad? Porque “eso” no está valorado y si alguna mujer se animara a expresarse así, la calificaríamos de “desequilibrada”.

 

Todas preferimos ser aceptadas -cosa que estamos esperando desde nuestras más tiernas infancias: ser aprobadas, elogiadas, valoradas, queridas y amadas por nuestras capacidades- y exclamar que somos madres amorosas y que si el mundo no fuera tan cruel y si los gobiernos pagaran subsidios a las madres, con gusto nos quedaríamos con nuestros hijos.

 

Está claro que eso es falso. ¿Sería bueno que los gobiernos paguen subsidios? Claro, sería estupendo. En los países más desarrollados, ocurre. Sin embargo, que las mujeres recibamos dinero suficiente del gobierno (o de nuestra familia, de la pareja, de una herencia o de nuestra propia renta) no garantiza que contemos con los recursos emocionales suficientes para fundirnos en las necesidades de nuestros hijos pequeños. Tampoco garantiza que asumamos la intención de revisar nuestra historia real con su trama completa, las experiencias pasadas, nuestros personajes, nuestros refugios, todas las interpretaciones de nuestra propia madre o de nuestros ancestros, las interpretaciones de todos los psicoterapeutas anteriores… para finalmente mirar con honestidad el propio vacío. Y para generar un cambio a favor del niño, deseoso de nutrirse de nuestro amor.

 

Laura Gutman