Nuestra responsabilidad para parir en buenas condiciones

¿Por qué es tan importante –para el devenir de la humanidad– parir en buenas condiciones, sin anestesias ni fármacos? Porque el parto fisiológico va a desencadenar espontáneamente una serie de reacciones previstas en nuestro diseño original, provocando en las madres el indiscutible sentimiento de apego hacia la criatura. Eso que banalmente llamamos amor materno, que es esa franca devoción y enamoramiento hacia el recién nacido. Reitero que estamos hablando de la transformación de la civilización hacia un sistema solidario, ecológico y amoroso. Aquello que sucede entre nosotros y nuestras madres en el momento de nacer, va a tener un impacto trascendente para el futuro de nuestra civilización.

¿Por qué muchas mujeres no sentimos ese apego? ¿Por qué suponemos que no aflora el instinto materno? ¿Por qué muchas mujeres querríamos devolver al niño? Porque el instinto materno aparece cuando el niño nace, solo si hemos parido en buenas condiciones. Pero caso contrario, si hemos estado asustadas, amenazadas, solas, lastimadas o drogadas, el instinto que va a emerger es el de supervivencia, que anula el instinto materno.

Parir rodeadas de amor y respeto, con franca introspección, en movimiento corporal permanente y sin atender absolutamente ninguna indicación ni preocupación por el desarrollo del parto, no solo es una bendición para las madres, sino que garantiza que vamos a segregar –sin obstáculos- una cantidad de hormonas que nos asegurarán el apego hacia la criatura.

Por nuestra parte, todo lo que necesitamos los recién nacidos es que nuestra madre nos sienta. Si nuestra madre nos siente, va a compensarnos y correspondernos milimétricamente. Entonces estaremos en nuestro propio paraíso. En brazos de nuestra madre y sintiéndonos sentidos, podremos atravesar los primeros desafíos de la vida terrestre: respirar, regular la temperatura, digerir la leche materna, evacuar. Todas competencias nuevas y arduas que en condiciones de amparo y protección, sabremos sobrellevar.

Todos los demás adultos tenemos algo urgente para hacer, seamos varones o mujeres, jóvenes o viejos, con hijos propios o sin hijos: es imprescindible que apoyemos a cada mujer joven para que encuentre sosiego, sostén, amparo y resguardo para parir en su propio hogar, con todo el cuidado que las mujeres merecemos, acompañadas por alguna mujer sabia y experimentada, que nos lleve suavemente al éxtasis de una experiencia vital irrepetible.

Parir en paz, rodeada de cariño y respeto, es algo muy sencillo. Sé perfectamente que hay innumerables voces a favor y en contra de estas cuestiones. El problema no es discutir quien tiene razón, porque en general opera el miedo. Sí, ese miedo que cargamos desde que somos niños, criados en el desamparo y el desencanto y que –sin seguridad afectiva- reproducimos en todas las áreas en las que no tenemos el control absoluto. También entiendo que imaginamos los partos como en las películas de Hollywood, en las que las escenas están actuadas según fantasías infantiles que nada tienen que ver con el desarrollo fisiológico de los partos de las hembras humanas. La mayoría de los adultos somos bastante ignorantes sobre estas cuestiones, por eso solo contamos con referencias ilusorias. Por lo tanto vale la pena preguntar a cada persona que opina y critica, si ha atravesado un parto en casa. Si nunca ha atravesado un parto en casa o si nunca ha acompañado a una parturienta en la experiencia de un parto en casa, por favor, que se abstenga de opinar.

¿Significa que todos los partos respetados, vividos en intimidad y rodeados de amor, son perfectos? No. Pero sí es urgente desandar el camino de la ignorancia. Las mujeres tenemos que hacernos cargo de nuestra sexualidad, nuestros cuerpos, nuestros ritmos y nuestros partos. Si no empezamos por asumir la responsabilidad sobre nuestro propio devenir, no podemos pretender que la civilización tome un rumbo solidario.

Laura Gutman