Secretos y mentiras

 

¿Nos hemos puesto a pensar por qué los engaños, los secretos y las mentiras son tan comunes en nuestras vidas? ¿Conocemos alguna historia de vida que no esté atravesada por falacias? ¿Por qué no nos sorprende que entre los seres humanos siempre haya algo oculto, algo no dicho, algo tergiversado, algo no mostrado?.

 

 

 

Quien tiene información y no la comparte, detenta poder. En las guerras, lo más valioso para la victoria es la obtención de datos que el adversario no tiene. En las relaciones personales, ocurre lo mismo.

 

 

 

En una civilización basada en la dominación, precisamos comenzar por los niños. Por eso es tan común entre nosotros suponer que los niños no deben saber lo que pasa. Suponer que los niños no comprenden, o no tienen por qué saber cosas de personas grandes, es una costumbre arraigada. Sin embargo, “cosas de grandes” suelen ser las situaciones que ellos mismos experimentan cotidianamente, es decir que les incumben.

 

 

 

Casi todas las familias estamos atravesadas por multiplicidad de secretos y mentiras, que han minado nuestra inteligencia, nuestra capacidad de adaptación y una percepción certera de los hechos. Si intentamos establecer la historia –no muy lejana- de nuestros padres y abuelos, veremos que encontraremos un sinnúmero de contradicciones, ya que muchos relatos pertenecientes a la historia oficial familiar no encajan con la más mínima lógica.

 

 

 

Sin embargo, esto no es lo más grave. La cosa se complica porque en estas circunstancias, todo el sistema de comunicación familiar tenía que estar alterado. Las mentiras tienen patas cortas, aunque podemos vivir inmersos en situaciones mentirosas durante generaciones. Si mamá le roba plata a papá porque es un borracho que se juega el dinero en el bar y los hijos somos testigos, tenemos el aval para mentir, engañar y tergiversar las cosas. Nuestra propia mamá nos está enseñando cómo mentir.

 

 

 

Cuando la realidad ha sido permanentemente tergiversada y cuando tenemos recuerdos fehacientes que confirmaban que eso que nosotros nos dábamos cuenta que sucedía no coincidía con aquello que los adultos decían, aprendemos que podemos acomodar la realidad a nuestro gusto. Y para ello tendremos que entrenarnos en mentir, manipular, cambiar las cosas, asegurar algo que no es, dar vueltas las situaciones, engañar, seducir, ilusionar…con tal de acomodar las cosas a favor nuestro, pero también en detrimento del otro.

 

 

 

Laura Gutman